Deseo de cabalgata
Ese pequeño corrimiento entre ritmo y sentido
1
Le escribo a Pol en un correo:
Ahora soy la que lamenta la demora. Vos te disculpás por nueve días, yo por casi medio año.
Hay algo de vergüenza: no supe qué hacer con todo lo que me escribiste.
En mi primer correo te decía: ¡Te necesito! ¡No quiero que se apague mi deseo!
Pero mi deseo siempre se apaga. O se dispersa, encuentra otros deseos por el camino. Deviene.
Pol es, justamente, y por eso le hablo del devenir, quien hace ya una década me dijo que yo era deleuziana sin haber leído a Deleuze. Entonces, hice mis intentos y leí a Deleuze. ¿O es más sincero decir di vueltas en Deleuze? Sea como sea, creo que al propio Deleuze le gustaría que lo leamos así, en plan rizoma.
2
Llevo más de medio año haciendo crecer una enredadera salvaje alrededor de la poesía y el sonido, y lo hago sobre todo en intercambios epistolares con colegas.
Pol me escribe:
Me resulta clave preguntarnos si es, efectivamente, intangible el sonido. No parece ser lo que quieren decir Deleuze y Guattari, pero tampoco es lo que ocurre cuando un sonido nos pone la piel de gallina, o nos mueve el cuerpo o desata un recuerdo. Cuando tocás un instrumento o cantas, incluso cuando memorizas un poema, hay algo de la relación entre el sonido, el cuerpo y el ritmo que es muy material.
Pienso: Hay una forma de lectura que me gusta llamar la cabalgata.
La lectura suele pensarse como una operación limpia: nuestros ojos avanzan por las palabras, el sentido se organiza dentro de nuestra cabeza, las frases entregan su significado y el pensamiento las recibe. Pero en verdad, si una se deja estar un poco más en el sonido, lo natural es que la puntuación abra espacios de aire, las palabras se permitan no pertenecer del todo al significado, y la lectura empiece a parecerse a algo más cercano a un desplazamiento ------------------------------ que a una comprensión.
En lecturas así, las palabras se recorren, se atraviesan. O, en el mejor de los casos, te atraviesan. Antes de comprender una frase el cuerpo ya pasó por ellas, siguió su impulso: el pequeño desfase entre ritmo y sentido.
3
Hace unas semanas empecé a leer La bastarda de Violette Leduc y me fascinó no tanto su narrativa de acontecimientos —que también— como su sonoridad. En su prosa la frase se extiende, se repliega, vuelve a abrirse. Y da esa sensación de que la misma escritora, mientras escribe, busca algo que todavía no está del todo delante de ella. La cabalgata.
Cito un extracto que aliento a leer en voz alta:
“—Arráncalas, arráncalas —le decía yo a Fidéline cuando el día declinaba, cuando era bueno vivir como era bueno comer el pan reciente. Fidéline arrancaba flores de alheña entre los barrotes de las rejas, me las daba y murmuraba: esto no se hace.
¿Qué iban a pensar? Yo aplastaba dos o tres flores de alheña con las manos, las dejaba caer sobre la acera del bulevar y respiraba las palmas de las manos. No era ya la ciudad, pero no era el campo.
Volvía a respirar en mis manos, miraba las flores intactas entre las hojas, candeleras de encaje blanco por aquí, amarillo por allá. Íbamos hacia la salvación.”
Lo que me interesa de este tipo de prosas —líricas desbordadas, como caprichosamente quiero llamarles— es que el movimiento del texto no depende necesariamente de la progresión de acontecimientos, sino que se desplaza por imagen, intensidad, ritmo. Y entre ellos, el sonido ocupa, claramente, un lugar particular. Hay algo del lenguaje volviéndose sensible a su propia materialidad —la cadencia, las resonancias entre palabras— que hace que el texto empiece a avanzar por impulso sonoro: una palabra llama a otra y a otra y a otra. Y eso instala en quien lee un ritmo interno que empuja el discurso hacia adelante.
4
Por fin empiezo a leer “Poesía y errancia” de la poeta y ensayista argentina Alicia Genovese. Es su tercer libro de ensayo sobre poesía y se lo pido a una amiga que viaja de Argentina a España. Le digo: vos sabés que Genovese siempre dice eso que siento del poema y a lo que no puedo ponerle palabras.
Leo solo diez páginas y me conmuevo. Subrayo, hago círculos alrededor de las palabras, apunto en una libreta. Vuelvo a sus otros ensayos. Y entonces lo encuentro.
“El inicio lleva en sí la singularidad de un ritmo y un tono (...) una primera nota como una exhalación, una bocanada que se empapa con matices (...) Como una catarata intempestiva o una lluvia lenta, como un golpe y el hueco que lo sigue, como una ola que empieza a viborear a lo lejos (...) Hay en la creación poética un sentido de afinación que se enlaza a una subjetividad, a su capacidad de entrega y a la relación siempre única que cada persona establece con las palabras (...) En esa corriente corpórea de su grafía sonora y sus referencias, el poema sigue y, a la vez, construye su deseo”.1
5
Le escribo a Pol: ¡He recuperado el deseo! ¡Algo vibra en la superficie del lenguaje!
Genovese, Alicia. (2011). Leer poesía. Lo leve, lo grave y lo opaco. Fondo de Cultura Económica.

