El salto invisible
Lost, Dios, Morel, el amor y las scream queens, o cómo dije: basta, basta, basta
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El 10 de abril de 1910, en las cercanías de Eleusis1, el poeta griego Periclís Yannopoulos cabalga mar adentro buscando el horizonte, cuando el caballo se niega a seguir, se dispara en la sien con un revólver. Cien años antes, el 26 de julio de 1806, la poeta alemana Karoline von Günderrode, quien firmaba bajo el seudónimo Tian y es posteriormente llamada “la Safo del romanticismo”, compra una daga, pide consejo a un cirujano y se la clava en el corazón. El 8 de diciembre de 1930, Florbela Espanca muere por una sobredosis de veronal. El 25 de octubre de 1938, Alfonsina Storni se interna en las aguas del Atlántico. El 31 de agosto de 1941, Marina Tsvetaeva se ahorca en Elábuga. El 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath prepara el pan, la mantequilla y la leche para sus hijos, después abre la llave del gas y mete la cabeza en el horno. El 5 de febrero de 1967, luego de al menos tres intentos fallidos con ingesta de barbitúricos, Violeta Parra se dispara en la cabeza. El 25 de septiembre de 1972, tras dos intentos de suicidio, Alejandra Pizarnik muere de sobredosis de seconal. El 4 de octubre de 1974, Anne Sexton se sube a su coche dentro del garage, lo enciende y muere por inhalación de anhídrido carbónico. El 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se lanza al río con los bolsillos llenos de piedras.
2
Durante tres meses lo único que quiero es morirme. Desarrollo una fascinación por el borde del balcón y la terraza de mi casa, por la velocidad de los autos y los colectivos cuando tienen paso en el semáforo, por los andenes del metro donde me paro justo entre la línea permitida y la que no debe traspasarse antes que se abran las puertas del transporte. Escucho, cada vez y con atención, cuando en los altavoces una voz femenina recomienda no bajar del andén y cruzar a pie hacia la otra vía. ¿Cruzar? Yo lo que quiero es quedarme en el medio. O caer desde el quinto piso, ser arrollada en una avenida. El salto invisible, leo en algún lado. Luego pienso que contra la creencia extendida de que éstos serían métodos rápidos, indoloros y eficaces para morir, si sobrevivo me llevaría como mínimo alguna amputación y varias lesiones graves.
En un periódico dicen que en Madrid se han presentado los andenes antisuicidios, un sistema formado por mamparas protectoras de cristal colocadas a lo largo del andén, separando a los pasajeros del tren en movimiento. Algo similar es lo que siento cuando tomo las primeras dosis de la medicación que me receta el psiquiatra, una barrera anticaída que me separa de los pliegues del mundo. Un elemento de seguridad que previene el acceso voluntario, o involuntario, a la alta tensión, enfatizando, además, la señalización: no tocar, materias tóxicas, protección obligatoria del cuerpo, campo magnético intenso, dirección que debe seguirse, peligro en general.
Durante el primer mes no lloro. Ni una lágrima, nada. Así pasan dos, tres y hasta cuatro meses. Cada vez que algo me angustia, ya no tengo la presión en el pecho que me sobrevenía antes. A cambio, recibo algo nuevo, sentirme como un bebé a punto de estallar en llanto, y al que justo antes de hacerlo su madre le encaja la teta entre los labios y su boca pequeñísima succiona del pezón hasta salir la leche, alimento fiel, tibio, irremplazable. No lloro. Y aunque quisiera pensar que me fallan los lagrimales, lo acepto a la primera semana, la mampara antisuicidio comienza a hacer efecto.
3
En El amor, escrito por Marguerite Duras, hay un diálogo donde se hace referencia a Dios. Más precisamente, a la ira hacia a Dios. No llego si quiera a la mitad del libro cuando se me antoja, a partir de ese diálogo (página 37 de 104 en la edición que estoy leyendo), que El amor es un libro que, entre otras cosas, habla del suicidio. O de aquello que le precede: el hueco. Y digo que se me antoja porque no hay indicios acerca de esto en el relato. Y porque tampoco me dedicaré a ningún tipo de análisis exhaustivo que lo demuestre. Se me antoja. Quiero creer que este libro habla de lo que antecede a la idea de suicidio por la forma en que los personajes se van sucediendo, dialogando, armando y desarmando, cada uno en su historia y en sus lugares a los que regresar es imposible. Quiero creerlo por la forma en que está escrito2. Una forma que hipnotiza. Un recuerdo lacerante. Marla, la llaga en la boca a la que no puedes dejar de pasarle la lengua. Pero también, a medida que avanzo en la lectura, quiero creer que este libro habla de lo que antecede a la idea de suicidio —insisto: también— por los pequeños atisbos de deseo que inesperadamente aparecen en la melancolía de sus personajes al rodear el gesto de estar presentes. Es decir, no aquello que ha ensombrecido la experiencia de vida al punto de que pareciese que ya sólo queda una opción — el vacío —, sino los focos de luz que alumbran muchas veces esas vidas.
4
De camino al hospital, voy por la avenida. Ya no pienso en ser arrollada por un colectivo, aunque el borde del balcón me sigue fascinando y atormentado en partes iguales. Al llegar, y luego de una espera de cuarenta minutos, la enfermera me extrae y me pide que extraiga dos tipos de fluidos de mi cuerpo. Primero me saca sangre, después meo en un frasquito de plástico transparente y parece zumo de manzana con burbujas. Cuando salgo me premio como a los niños y tomo un café con leche y un croissant de chocolate. Es un éxito y me prometo volver a esta cafetería, pero no lo hago. Así sucede con otras cosas: asistir a ese curso, iniciar un deporte, desayunar bien y almorzar mejor, llenar la bañera y darme baños calientes, pedir un aumento, respirar de manera consciente al menos una vez al día, dejar de fumar. No importa, me digo, al menos ya no lloro por cualquier cosa. La mampara está haciendo efecto. No me reconozco.
Al llegar a casa, me tumbo en el sofá y observo, un poco mareada, la pila de libros sobre mi escritorio. Algo parece no encajar. ¿Tan poco leí en los últimos tres meses? Me levanto y recorro con un dedo cada título. Suena el timbre. No atiendo. Vuelvo a sentir el mareo y pienso en el tubo esterilizado en el que guardaron mi sangre. No puedo marearme por diez mililitros menos de sangre en vena. Me convenzo y vuelvo a recorrer los libros, los extiendo sobre la mesa como si pudieran formar una cartografía que al desplegarla me indicara lo que debo hacer ahora. Vuelve a sonar el timbre. Resoplo, no atiendo. Sigo pensando en la posibilidad del mapa que me indique dónde está el tesoro. Algunos títulos son La última frase, El salto del ciervo, Matar al ángel del hogar, Ida, Irse, Los adioses, El amor, Soy otra, Color puro. Me acerco a la estantería, pienso en releer uno de mis libros favoritos: Conquista de lo inútil. No lo hago. Quiero dejar de sentirme como los protagonistas de Fiztcarraldo cuando arrastran un barco a vapor hasta lo alto de una colina en la ciudad selvática de Iquitos.
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Cuando leo “una deja de ser niña / y crece un hervor por dentro, / un amor que es hambre de limón.”3, encuentro a Dios. Cuando leo “ternura desesperada”, “violenta esperanza”, encuentro a Dios.
Encuentro a Dios cuando leo mar, sal, gotita de melocotón, dulce y pegajosa gotita de melocotón. En todas partes, ahora y desde hace algún tiempo, la persona que soy encuentra a Dios.
6
Después de veinte años de su estreno, veo por primera vez Lost. Habiendo conocido previamente al director Damon Lindelof por su serie The Leftovers, me digo que lo mejor que puedo hacer, si quiero disfrutar de la serie, es no preguntarme por aquello que no termina de verse, por aquello que es en parte un mensaje velado. Pero enseguida abandono mi propia premisa: ¿Qué es el monstruo? ¿Por qué cuando Locke lo ve no teme sino que cree que entiende? ¿Alargar la vida es lo que convierte a Jack en líder? ¿En qué creen los líderes? O, ¿en quién se representa el qué de los que creen?
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En 1940 el escritor argentino Adolfo Bioy Casares publica La invención de Morel, un clásico de la literatura fantástica en español. La historia es acerca de un fugitivo que se esconde en una isla desierta y conoce a Morel, un científico que ha creado una máquina capaz de reproducir la realidad capturando las almas de aquellos a quien grabe y así vivir para siempre.
La novela desarrolla tres ejes: la inmortalidad, el amor y la soledad, y el control. Pero cuando hablamos de inmortalidad en La invención de Morel estamos hablando de una inmortalidad espiritual, la única que Morel considera verdadera. Así, al nombrar el amor y la soledad nos encontramos con que esta última representa la muerte y, por el contrario, el amor representa la vida. "Ya no estoy muerto, estoy enamorado", dice el fugitivo cuando conoce a Faustine.
Para Morel el motor es el amor, y su invención —una grabadora que se alimenta por el viento y las mareas de energía cinética inagotable– es una demostración de la grandeza del mismo: combatir la soledad.
8
En Reina del grito. Un viaje por los miedos femeninos, de la escritora y crítica de cine Desirée de Fez, se recorren 19 películas del cine de terror en 19 capítulos. Haciendo alusión a un momento clave de su vida, de Fez nos habla de miedos femeninos y los linkea al universo del cine de terror para hacernos ver, entre otras cosas, la fortaleza de las scream queens: “su capacidad de frenar la acción en medio del caos, hacer que la atención se concentre en ellas y obligar a los culpables de su desesperación o de su miedo a que las escuchen".
En Reina del grito, de Fez nos cuenta cómo, de una u otra forma pero a través de películas como Psicosis, El bebé de Rosemary o La matanza de Texas, ha logrado tener herramientas para enfrentarse a la experiencia inesperada del miedo y además, ganarle.
Algo parecido es lo que me pasa después de leer su libro y decirme a mí misma: empieza tu era dorada del cine de terror, o al menos uno o dos meses de hiperfoco en el tema. Lo cierto es que al final no me meto de lleno, pero el género se mete en mi vida y poco a poco, sin exigencias ni obsesiones, empiezo a interesarme por algunos estrenos y visito clásicos que nunca antes había visto. Con el tiempo descubro que mi subgénero favorito es el terror psicológico y, sobre todo, la confluencia entre el cine de autor y el de terror. Pero aunque éstas sean las películas que más disfruto del género –y las que más terror me dan–, lo que elijo son las posesiones. No me asustan: me fascinan. Es como si yo también fuese poseída por ese momento fílmico: quedo completamente absorbida por la gestualidad y la sonoridad de ese cuerpo tomado.
Una noche veo Possession (Andrzej Zulawski, 1981), una película de terror de drama conyugal con una trama aparentemente simple: un agente secreto, Mark, regresa a casa con su esposa, Anna, y su hijo, y descubre que ella se ha enamorado de otra persona. Mark contrata un espía secreto y el conflicto se desata.
Obviamente, hay clásicos del gore: carne cruda, cuchillos eléctricos, niños, sangre, cristales rotos, gritos —muchos gritos—, y una criatura, un ser que no encaja con la realidad, un monstruo tentacular al mejor estilo El sueño de la esposa del pescador, la famosa xilografía de Katsushika Hokusai. Pero eso no es lo que asusta.
El trabajo sobre la psicología de los personajes es un cien sobre cien. La opresiva odisea sobre la identidad y el terror de dobles la convierten en una obra de una intensidad dramática y somática monstruosa. Y entonces, sí, el terror. El terror a través de los ojos de Anna, una mujer que se desmorona y se reconstruye desde la risa maníaca a las lágrimas. Anna y la apatía conyugal en la que se ve encerrada. Anna y los pasillos del metro. Anna con su vestido azul. Anna golpeando y haciendo estallar la bolsa de la compra contra la pared. Anna ¿poseída? Digamos, mejor, Anna y su deseo.
En verdad, la “posesión” de Anna se acerca más a la Chris Kraus de Amo a Dick que a la niña del exorcista: la externalización de una represión materializada en una fuerza incontrolable.
9
Leo a Sylvia Plath:
Es hora de que me ocupe de mí misma. He ido tambaleándome por ahí, lúgubre, siniestra, sombría. Ahora toca construirme a mí misma, darme una columna vertebral.
Escribo:
Tengo que dejar de ser fiel al descenso, dejar de repetir el gesto ensayado del fracaso. Empujarme a participar de una coreografía de la que desconozco sus intenciones. Abandonar este vivir dispuesta sólo a lo previsto. ¿Cómo sino dejar sobre el papel la verdad de lo efímero, la química de las plantas, la interacción de la luz solar con la atmósfera, el resultado en el tinte del cielo, lo vasto del color tras el fenómeno meteorológico? ¿Cómo sino escribir el nervio óptico, la importancia de la refracción y la vida asomando?
10
Se suele escribir para encontrar un sentido. Es decir, si se escribe es porque algo se aleja y hay materia para la imaginación. Por tanto, puede que haya mentido.
Mejor aún: puede que haya ejercido una presión necesaria para cambiar algún rumbo y avanzar hacia otras corrientes. Ser Morel, Locke, Jack, la Anna de Possesion; ser los personajes de El amor encontrando inesperadamente pequeños atisbos de deseo al rodear el gesto de estar presentes.
O como escribe Ana Navajas: inventar todo, hasta que a lo lejos, un eco imposible de ignorar dice basta, basta, basta.
Ciudad de Grecia ubicada a unos veinte kilómetros al oeste de Atenas, sede de los cultos mistéricos de Eleusis, que tienen su origen en el mito griego en el que Hades secuestra a Perséfone para casarse con ella y convertirla en reina del Inframundo. Mito que culmina con Zeus decretando que Perséfone pasaría la mitad del año en la tierra y el resto del año en compañía de Hades, en el Inframundo. De allí que los iniciados en los misterios de Eleusis esperan no una promesa de mortalidad, sino la promesa de un nuevo comienzo después de la muerte. Por último, y no menos importante, la palabra Eleusis, en griego antiguo, pudo haber significado llegada, finalización.
¿Antinovela?
Sánchez-Andrade, Cristina. (2019). Llenos los niños de árboles. La Bella Varsovia.


Muy hermoso este texto.
Aguante el popurrí!
Besos, Flor.
Wooow, que capacidad de interconectar las cosas. Gracias por la invitación a tu cerebro 😝